Algo para Pensar–Parasha Beshalaj (martes, 27 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

Y el Eterno dijo a Moisés: Escribe esto como recuerdo en un libro, y comunícale a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo” (Éxodo 17:14).

Tras los atentados del 11 de septiembre, cuando el espanto y la conmoción se extendían por todo el mundo, muchos estadounidenses se preguntaban qué había ocurrido y porqué. ¿Se trataba de una catástrofe? ¿De un crimen? ¿De un acto de guerra? Nada encajaba en las categorías habituales. La pregunta que más se repetía sobre Al Qaeda era: “¿Por qué nos odian?”

En ese contexto, el pensador estadounidense Lee Harris publicó dos obras —Civilization and Its Enemies y The Suicide of Reason — que ofrecieron algunas de las reflexiones más esclarecedoras de la década. Según Harris, la razón por la que no encontrábamos respuestas era que en Occidente habíamos perdido de vista la noción misma de “enemigo.”

La democracia liberal y la economía de mercado moldean un tipo particular de sociedad, una forma específica de razonar y un perfil humano característico. En su centro está la figura del actor racional: alguien que evalúa sus decisiones por sus consecuencias y elige lo más conveniente. 

Cree que todo problema tiene solución y todo conflicto puede resolverse mediante diálogo, negociación y acuerdos que beneficien a todos. En un mundo así, no existen enemigos, solo intereses opuestos en tensión.

Pero Harris señala que esta visión es ilusoria. 

Para él, un enemigo no es “un amigo al que aún no hemos tratado lo suficientemente bien”, sino alguien que está dispuesto a morir con tal de destruirte. Y aunque ese enemigo tenga motivos para odiarnos, esos motivos pertenecen a su propio universo mental, no al nuestro. “Él ve un mundo distinto al nuestro, y en ese mundo nosotros somos el enemigo. ¿Por qué nos odian? Nos odian porque somos sus enemigos”, escribe Harris (Civilization, xii–xiii).

Más allá de los detalles, la intuición general es profunda. Podemos caer en la ceguera cultural de asumir que nuestra manera de entender la realidad — la de nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestra civilización — es universal o, al menos, la que todos adoptarían si pudieran.

Solo un desconocimiento radical de la historia de las ideas puede sostener semejante error, y es un error peligroso. Cuando Moctezuma, gobernante azteca, lo recibió en 1520, creyó estar frente a un hombre civilizado proveniente de una nación civilizada. Esta suposición le costó la vida, y en menos de un año, la civilización azteca había comenzado a desaparecer. 

No todos miran el mundo como nosotros. Como advirtió Richard Weaver: “El problema de la humanidad es que olvida leer las actas de la última reunión” (Ideas Have Consequences, p. 176).

Todo esto ilumina el extraño mandato que aparece al final de la parashá Beshalaj. Los israelitas acababan de escapar del aparentemente inevitable ataque de los carros egipcios, la tecnología militar más avanzada de su tiempo. El mar se abrió, ellos cruzaron, y los egipcios — con las ruedas de sus carros hundidas en el fango— quedaron atrapados y fueron arrastrados por las aguas que regresaban.

El pueblo cantó celebrando su liberación. Pero justo cuando parecía que por fin eran libres, surgió una amenaza inesperada: los amalecitas, un pueblo nómada del desierto, los atacaron. Moisés ordenó a Josué dirigir la defensa. Israel luchó y venció. Sin embargo, la Torá subraya que esta no fue una batalla más:

“Y el Eterno dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro, y dile a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo. Moisés construyó un altar y lo llamó ‘El Eterno es mi estandarte’, y dijo: ‘Porque la mano de Amalec se alzó contra el trono del Eterno, el Eterno tendrá guerra con Amalec de generación en generación’” (Éxodo 17:14–16).

Es una declaración sorprendente, muy distinta del modo en que la Torá habla de los egipcios.

Mañana profundizaremos en este tema.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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