Algo para Pensar–Parasha Bo (miércoles, 21 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“El Eterno dijo a Moisés: Entra ante el Faraón, porque he endurecido su corazón y el de sus servidores para manifestar entre ellos mis señales…” (Éxodo 10:1).


Surge entonces la pregunta: ¿es el ego algo negativo? ¿Es esta parte esencial de nuestra alma un elemento extraño que debemos arrancar para alcanzar la verdad y la bondad?


La respuesta es no


La ley más profunda de la existencia afirma que “no hay nada fuera de Él”: nada se opone ni está realmente separado del Creador. El ego, esa identidad con la que nacemos, también procede de Dios; es, en cierto modo, un reflejo del “Yo” divino


Así como Dios se reconoce como la única existencia auténtica, nosotros — creados a Su imagen — llevamos dentro una intuición de esa verdad, que se expresa como la sensación de que nuestro yo es el centro de la realidad.


El problema no es el ego en sí; el problema surge cuando éste se desconecta de su origen. 


Cuando entendemos que nuestro yo es un destello del Yo divino y lo alineamos con Él, el ego se convierte en la fuerza que impulsa nuestras acciones para elevar el mundo. Pero cuando ese mismo ego se separa de su raíz sagrada, puede convertirse en la fuente de los peores males.

Cuando Dios ordenó a Moisés “venir ante el Faraón,” Moisés ya había enfrentado al monarca muchas veces. Había lidiado con sus distintas máscaras: el Faraón idólatra, el tirano, el soberano que se proclamaba dios.


Pero ahora se le pedía algo distinto: entrar en la esencia misma del Faraón, en el núcleo del mal. Ir más allá de su crueldad, más allá del ego desmesurado que proclama “yo me hice a mí mismo”, para encontrarse con la raíz última del Faraón: un “yo” desnudo que, paradójicamente, deriva del propio ser de Dios.


Moisés no temía la maldad del Faraón; sabía que si Dios lo enviaba, Dios lo protegería. Lo que le estremeció fue la orden de penetrar en la verdad más profunda del Faraón: una manifestación tan pura del ser divino que trasciende la distinción entre bien y mal, y que es fuente de ambos.


Entonces Dios le dijo: “Ven ante el Faraón.” Es decir: ven conmigo. Juntos entraremos en el palacio de la gran serpiente. Juntos atravesaremos la auto idolatría que constituye el corazón del mal. Juntos veremos que el mal no tiene sustancia propia; que no es más que la distorsión humana de algo divino.


Y si esta revelación es demasiado abrumadora para un ser humano, ven conmigo, te acompañaré. Te llevaré hasta el punto más profundo del alma del Faraón, hasta que descubras el secreto mejor guardado del mal: que, en esencia, no existe.


Cuando comprendas esta verdad, ningún mal podrá dominarte. Cuando la comprendas, tú y tu pueblo conocerán la libertad.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Deja un comentario

Trending