
Algo para Pensar-Parasha Bo (martes, 20 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
“El Eterno dijo a Moisés: Ve ante el Faraón, pues he endurecido su corazón y el de sus servidores para manifestar entre ellos mis señales…” (Éxodo 10:1).
¿Quién es realmente el Faraón? ¿Qué simboliza? ¿Cuál es la raíz de su poder y de su oscuridad? ¿Por qué Moisés, aun siendo enviado por Dios, temía presentarse en su palacio? ¿Y por qué “entrar en el Faraón” constituye el paso decisivo hacia la salida de Egipto y la liberación interior del ser humano?
El profeta Ezequiel ofrece una imagen reveladora del Faraón:
“Así dice el Señor, el Eterno: Yo estoy contra ti, Faraón, rey de Egipto, gran serpiente que yace en medio de sus ríos, que dice: ‘El Nilo es mío; yo lo he creado’” (29:3).
Esta descripción muestra que la maldad del Faraón no se define principalmente por la corrupción sexual de los cultos egipcios, ni por la esclavitud y el sufrimiento que impuso a multitudes, ni siquiera por bañarse en la sangre de niños asesinados. Su verdadera perversión radica en su egocentrismo absoluto, en su convicción de ser la fuente y la medida de todo.
Este es el origen de todo mal. El ego desbordado puede parecer un defecto menor comparado con los horrores que el ser humano puede cometer, pero en realidad es la raíz que alimenta todas las formas de crueldad y degradación.
Cuando alguien se coloca a sí mismo — sus deseos, sus intereses, su visión limitada — como criterio final del bien y del mal, su aparente moralidad pierde consistencia. Tarde o temprano, esa persona puede justificar cualquier acción si la considera necesaria para su propio beneficio o para sostener la imagen que tiene de sí misma.
En el fondo, toda acción buena implica renuncia al yo, mientras que toda acción mala implica convertir al yo en un ídolo. Cada vez que alguien actúa con bondad — sea dando una simple moneda a quien la necesita o dedicando su vida entera a un propósito sagrado — está afirmando: “Hay algo más grande que yo, y a eso me entrego”.
Por el contrario, cada vez que alguien transgrede la voluntad divina — desde la falta más pequeña hasta el crimen más terrible — está proclamando: “Mi río es mío; yo soy mi propio creador”. El bien es lo que me favorece; el mal es lo que se opone a mis deseos. Yo determino la realidad. Yo soy dios.
Con todo esto, surge la pregunta: ¿significa esto que el ego es intrínsecamente malo? La respuesta… llegará mañana.
Esto es,Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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