
Algo para Pensar – Parasha Va’era (martes, 13 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
«Y alzó Aarón la vara y golpeó las aguas que había en el Nilo ante los ojos de Faraón y de sus siervos, y todas las aguas que había en el Nilo se convirtieron en sangre.» (Éxodo 7:20)
En esta parashá comienza el relato de las diez plagas que Dios envió sobre Egipto por negarse a liberar a los hijos de Israel. Antes de la primera plaga — la conversión del agua en sangre — Dios ordenó específicamente a Aarón, y no a Moshé, golpear el río con su vara para provocar el milagro.
Los Sabios explican que Moshé no debía golpear el Nilo porque le debía gratitud: cuando era un bebé, su hermana Miriam lo colocó en una cesta y lo dejó flotar en esas aguas para salvarlo del decreto egipcio.
Por ello, habría sido inapropiado que Moshé dañara el río que lo había protegido. Esta enseñanza subraya cuán lejos debe llegar nuestra gratitud, incluso hacia objetos inanimados que nos han beneficiado.
Sin embargo, más temprano en la misma parashá aparece otro episodio en el que nuevamente Aarón, y no Moshé, es quien actúa. Dios instruye a ambos a presentarse ante el Faraón, pero ordena a Aarón arrojar su vara al suelo para que se convierta en serpiente.
En este caso no hay ningún motivo de gratitud hacia un objeto que impida a Moshé realizar el acto. ¿Por qué, entonces, no fue él quien arrojó la vara?
La respuesta se encuentra en un episodio de la parashá anterior, Shemot. Cuando Dios se reveló a Moshé en la zarza ardiente y le encomendó liberar a Israel, Moshé dudó y afirmó que el pueblo no creería que Dios lo había enviado. Para demostrarle que sí lo aceptarían, Dios le ordenó arrojar su bastón, que se transformó en serpiente.
Los Sabios explican que la serpiente simboliza el lashón hará, el hablar negativamente de otros sin obtener ningún beneficio, del mismo modo que la serpiente no gana nada al inyectar veneno. Con este signo, Dios le mostró a Moshé que había hablado injustamente sobre los hijos de Israel al suponer que no confiarían en él.
Por eso, cuando llegó el momento de repetir este milagro ante el Faraón, Dios no quiso que Moshé realizara el acto. La halajá prohíbe recordarle a alguien sus errores pasados, pues eso provoca vergüenza y dolor.
Moshé ya había comprendido su falta y se había arrepentido; pedirle que arrojara la vara nuevamente lo obligaría a revivir ese error.
Para evitarle esa angustia, Dios designó a Aarón para convertir la vara en serpiente frente al Faraón.
Este detalle revela cuán cuidadosos debemos ser al dirigirnos a los demás. Nuestras palabras pueden herir, despertar resentimientos o avergonzar innecesariamente.
Antes de hablar, debemos preguntarnos cómo nos sentiríamos si nos hablaran del mismo modo. Lo que decimos debe ser considerado, respetuoso y sensible. Y si lo que estamos por decir puede causar daño, es mejor guardar silencio.
La pregunta final queda para cada uno: ¿seremos capaces de contenernos cuando surge el impulso de decir algo hiriente?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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