
Algo para Pensar – Parasha Va’era (lunes, 12 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y yo endureceré(וַאֲנִ֥י אַקְשֶׁ֖ה)el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas.» (Éxodo 7:3)
Concluimos la reflexión de ayer planteando que algunos piensan que hay libre albedrío, mientras otros dicen que esto solo es un espejismo. Frente a este escenario nos preguntamos, ¿hay espacio para un punto medio?
Muchas son las personas que en la vida son capaces de reconocer que la libertad no funciona así en absoluto. Considera la adicción. Las primeras veces que fumas un cigarrillo, bebes alcohol o consumes drogas, lo haces libremente. Conoces el riesgo, pero no le das importancia. Decides ignorarlo.
Con el tiempo, tu dependencia aumenta hasta que la ansiedad es tan intensa que no puedes resistirla. Cuando llegas a este punto, lo más probable es
que tendrás que ir a rehabilitación. Ya no tienes la capacidad de parar por ti mismo. Como dice el Talmud: «Un prisionero no puede liberarse de la prisión por sí mismo» (Berajot 5b).
La adicción es un fenómeno físico. Pero existen equivalentes morales. Por ejemplo, supongamos que en una ocasión importante dices una mentira. La gente cree algo falso sobre ti.
Al preguntarte sobre lo que has dicho, o al surgir el tema en una conversación posterior, te ves obligado a añadir más mentiras para respaldar la primera. «¡Qué red tan enmarañada tejemos!», dijo Sir Walter Scott cuando decidimos comenzar a engañar.
La libertad se va perdiendo gradualmente, a menudo sin darnos cuenta.
Eso es lo que la Torá ha insinuado casi desde el principio. La clásica afirmación del libre albedrío aparece en la historia de Caín y Abel. Al ver que Caín estaba enojado porque su ofrenda no había sido aceptada, Dios le dijo: «Si haces lo recto, ¿no serás aceptado? Pero si no haces lo recto, el pecado acecha a tu puerta; te desea, pero tú debes dominarlo» (Génesis 4:7).
Mantener el libre albedrío, especialmente en un estado de intensa emoción como la ira, requiere ejercer nuestra fuerza de voluntad. Esto es lo que Daniel Goldman llama un «secuestro de la amígdala,» en el que la reacción instintiva reemplaza la decisión reflexiva y hacemos cosas que nos perjudican tanto a nosotros como a los demás (cf. Inteligencia Emocional).
Esta es la amenaza emocional a la libertad.
En conclusión, la noción de libre albedrío no es un absoluto inquebrantable, sino un delicado equilibrio que puede erosionarse con el tiempo a través de decisiones repetitivas, adicciones físicas o morales, y arrebatos emocionales que secuestran nuestra capacidad de reflexión.
Como ilustra la Torá en las historias de Caín y el Faraón, la libertad se pierde gradualmente cuando permitimos que el pecado o la impulsividad «acechen a nuestra puerta» sin ejercer dominio sobre ellos.
El punto medio radica en reconocer esta vulnerabilidad: somos libres en tanto y en cuanto cultivemos la fuerza de voluntad y la autoconciencia para resistir esas cadenas invisibles que forjamos nosotros mismos.
Solo así podemos evitar el endurecimiento del corazón, ya sea por intervención divina o por nuestra propia negligencia.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)



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