Algo para Pensar – Parasha Shemot (jueves, 8 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

«Y se le apareció el Ángel de Hashem en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, porqué causa la zarza no se quema.» (Éxodo 3:2-3)

La revelación de Dios a Moisés: «Yo seré el que seré» [Ehyeh asher Ehyeh] (Éxodo 3:14) constituye una de las afirmaciones más profundas de la Torá acerca de la naturaleza de Dios.

No debemos olvidar que la forma en que se produce esta revelación — el contexto de la zarza ardiente que no se consume — transmite una verdad igualmente profunda sobre la naturaleza de Dios.


En el Midrash Rabba leemos cómo un gentil se acercó a Rabí Yehoshua ben Korha y le preguntó porqué Dios había elegido aparecer de entre un zarzal. Después de todo, ¿acaso no resultaba indecoroso que el Todopoderoso eligiera una vegetación tan fea, espinosa y raquítica para manifestar su presencia?


La respuesta de R. Yehoshua ben Korhas revoluciona la pregunta: dado que, como enseña el sagrado Zóhar, «no hay lugar en el mundo que esté vacío de Dios,» entonces la mejor manera de enseñarnos esta profunda verdad es mediante la aparición de Dios en un arbusto despreciable como el espino. 


En efecto, el Todopoderoso está enseñando: No piensen que la imponente naturaleza de Dios sólo puede comprenderse en las majestuosas montañas del Himalaya o en espectaculares vistas de océanos azules, playas tranquilas y majestuosas palmeras. No, Dios se encuentra incluso (y quizá, especialmente) en el espino, con los despreciados, los rechazados y los humildes. 


Esta idea continúa resonando en las palabras del profeta Isaías, quien describe a Israel, la nación, como un siervo sufriente y herido (Is. 53); en la imagen talmúdica del Mesías junto a todos los miserables mendigos (Sanedrín 88), y en el comentario midráshico sobre el nombre divino: “Seré lo que seré, siempre estaré con los que sufren.» (cf. Rashi)


Muchos siglos después, durante las duras guerras teológicas entre los jasidim y los mitnagdim se expresaron a menudo en el divergente entendimiento de esta interpretación midráshica sobre la zarza ardiente. 


Los jasidim — o más específicamente, el rabino Shneur Zalman de Liadi — entendieron el Midrash literalmente: que la Presencia Divina está presente en cada objeto, incluso en el más insignificante, de forma literal y concreta. 


Para el Gaón de Vilna, esta concepción jasídica de Dios rayaba en herejía, una forma de panteísmo disfrazado de judaísmo, vinculada a las peores aberraciones de la historia judía, desde Spinoza hasta Shabbetai Tzvi. 


Desde su perspectiva, lo único que el Midrash pretende transmitir es que la conciencia y la preocupación de Dios se extienden al objeto mismo, pero no que un aspecto de su esencia misma se encuentre en cada objeto. 


Tan inflexible fue el Gaón que se negó a reunirse con el propio rabino Shneur Zalman, quien solo le rogó una oportunidad para explicar la base teológica del movimiento. 


Aunque la tragedia de la Segunda Guerra Mundial atenuó la intensidad de la batalla, hasta el día de hoy aún persisten restos de aquella guerra, aunque en ciertas partes de la comunidad amenazan con resurgir.


Me gustaría sugerir una interpretación del Midrash que eluda la diferencia en opinión teológica entre estos dos gigantes intelectuales de la historia judía. De esto hablaremos mañana.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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