Algo para Pensar — Parasha Miketz (domingo, 14 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 4 minutos


¡Shavua Tov Lekulam!


La parashá Miketz es la décima porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción: Génesis 41:1-44:17 (Números 28:9-15, 7:42-47)


Resumen:
Los días de prisionero de José finalmente terminan cuando el Faraón sueña con siete vacas gordas que son devoradas por siete vacas flacas, y con siete espigas de grano gordas devoradas por siete espigas flacas.

José interpreta los sueños como siete años de abundancia seguidos por siete años de hambruna, y aconseja al Faraón almacenar grano durante los años de abundancia. El Faraón nombra a José gobernador de Egipto. José se casa con Asenat, hija de Potifar, y tienen dos hijos: Manasés y Efraín.


La hambruna se extiende por toda la región, y la comida solo se puede obtener en Egipto. Diez de los hermanos de José van a Egipto a comprar grano; el más joven, Benjamín, se queda en casa porque Jacob teme por su seguridad. José reconoce a sus hermanos, pero ellos no lo reconocen; los acusa de ser espías, insiste en que traigan a Benjamín para probar su identidad, y encarcela a Simeón como rehén. Más tarde, descubren que el dinero que pagaron por sus provisiones ha sido misteriosamente devuelto.


Jacob acepta enviar a Benjamín solo después de que Judá asuma responsabilidad personal y eterna por él. Esta vez, José los recibe amablemente, libera a Simeón y los invita a una cena memorable en su casa. Pero luego planta su copa de plata, supuestamente imbuida de poderes mágicos, en el saco de Benjamín.

Cuando los hermanos parten hacia casa a la mañana siguiente, son perseguidos, registrados y arrestados al descubrir la copa. José ofrece liberarlos y retener sólo a Benjamín como su esclavo.


Esta porción destaca temas como la providencia divina, el perdón, la reconciliación familiar y la sabiduría en la interpretación de sueños, mostrando cómo José asciende al poder y comienza a reunirse con su familia.


«Entonces Faraón envió y llamó a José. Y lo sacaron apresuradamente de la cárcel, y se afeitó, y mudó sus vestidos, y vino a Faraón.» (Génesis 41:14)

Postula el Dr. Eric Fromm en su libro «The Sane Society» (1955) que somos infelices porque estamos alienados de la vida y desconectados de nosotros mismos y de los demás. 

Este es un análisis brillante, y el libro así lo demuestra. 

¿Cuál es la solución que propone el autor? Dejemos de idealizar la máquina. Acabemos con esta glorificación vacía del poder y el éxito. Construyamos la Sociedad Sana «en la que el hombre se relaciona con el hombre con amor, en la que está arraigado en lazos de fraternidad y solidaridad.» 

Nadie debería estar en desacuerdo con la INTENCION de esta solución. Pero sí podemos discrepar acerca de su VIABILIDAD. Veamos cómo…

En primer lugar, es difícil para los individuos superar la alienación en vida, pues se requiere mucho más tiempo para transformar la sociedad. Quizás sea excesivo pedirnos que entablemos una relación de fraternidad inmediata con quienes no están preparados para ello. 

En segundo lugar, es muy posible que la falta de fraternidad sea, en parte, CONSECUENCIA de nuestra alienación y soledad, y no su CAUSA. Por lo tanto, prescribir fraternidad para la alienación no es más que eliminar un síntoma, quedando sin erradicar la raíz del problema.

En tercer lugar, lo más importante, es que incluso aceptando todas las demás objeciones, la solución no funcionará para nosotros, los judíos. Puede que sea atrevido y desagradable decirlo, pero lo cierto es que nosotros, los judíos, fuimos, somos y seremos considerados y tratados como extranjeros, sin importar dónde estemos.

No es una elección nuestra; es un hecho duro, obstinado e irreductible que, por muy amplios que sean nuestros derechos políticos, por muy profunda que sea nuestra lealtad a las naciones en las que somos ciudadanos, por mucho que deseemos ser aceptados plenamente, no como extranjeros, nuestra propia diferencia nos convierte precisamente en eso: extranjeros.

Salvo mediante el suicidio, no podemos deshacernos de nuestra identidad judía, y esa identidad siempre nos distingue de todos los demás, nos hace extranjeros. Y permítanme ser claro: no solo los antisemitas, en su mayoría, nos consideran extranjeros. 

Los más brillantes pensadores gentiles, personas de gran valía moral e intelectual, también lo hacen. El renombrado teólogo protestante Paul Tillich reconoce la diferencia del judío cuando afirma que siempre debe existir el judaísmo, aunque solo sea para corregir la supuesta recaída del cristianismo en el paganismo.*

El gran economista Thorstein Veblen dijo de nosotros que el judío es «un extranjero de pies inquietos… un errante en tierra de nadie intelectual… buscando otro lugar donde descansar, más allá del horizonte.»**

Es precisamente esa diferencia del judío, su condición de extranjero, la que explica que se haya erigido como líder en todo tipo de movimientos progresistas: en la política, en el movimiento obrero, en la economía. 

Independientemente de si esa alienación ha suscitado admiración o condena hacia nosotros, o de nuestra parte, lo cierto es que somos extranjeros, y que incluso si el resto de la sociedad llegara a ser, en palabras de Fromm, «cuerda,» seguiríamos siendo los marginados, los extranjeros.

Ahora bien, si esto es así, nos enfrentamos a una conclusión muy desagradable. Si la alienación es la raíz de la gran infelicidad del hombre moderno, y si el judío debe permanecer siempre extranjero en la diáspora, entonces se deduce que el judío está condenado perpetuamente a la infelicidad. ¿Acaso debe ser así? ¿Debemos, con toda sinceridad, admitir que ser judío es aceptar un destino de infelicidad y miseria?

Mañana buscaremos una respuesta utilizando el caso de José en Egipto.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Notas

La declaración aparece en las conferencias de Paul Tillich «La cuestión judía: un problema cristiano y alemán», que fueron publicadas en el libro Teonomía y autonomía: estudios sobre el compromiso de Paul Tillich con la cultura moderna (editado por John J. Carey, 1984).

** Thorstein Veblen. Essays in Our Changing Order. Edited by Leon Ardzrooni. New York: The Viking Press, 1934.

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