Algo para Pensar– Parasha Vayeshev (jueves, 11 diciembre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Aconteció que cuando moraba Israel en aquella tierra, fue Rubén y durmió con Bilha la concubina de su padre; lo cual llegó a saber Israel. Ahora bien, los hijos de Israel fueron doce:“ (Génesis 35:22).

La impresión que tengo es que el pecado de Rubén no reside solo en su audaz intromisión en los asuntos personales de su padre, sino, lo que es peor, en aprovecharse de la fragilidad de Bilha. Bilha era una concubina, no una esposa. Rubén era el primogénito, el heredero. Él era fuerte; ella, débil.

Durante la vida de Raquel, su protectora, Rubén no se habría atrevido a hacer lo que hizo. Raquel era la favorita de Jacob y él jamás habría tolerado ningún insulto ni daño, ni a ella ni a sus seres queridos. 

Pero ahora que Raquel había muerto — el incidente de su muerte precede inmediatamente a este episodio — Rubén comenzó a aprovecharse de la nueva debilidad de Bilha. Se impuso sin tener en cuenta la sensibilidad de Bilha. Sin embargo, Jacob no dijo nada

Probablemente pensó en la angustia y el sufrimiento de Rubén. No quería herirlo más. Sin duda, pensó que se trataba de un caso aislado y que Rubén jamás volvería a hacer algo así. Sin embargo, la Torá le dice a Jacob: «Recuerda: “Los hijos de Jacob fueron doce” — tienes doce hijos, no solo uno.»

Puede que sea muy virtuoso de tu parte sufrir en silencio y abstenerte de reprender a tu hijo mayor, pero si lo dejas salirse con la suya, él, como primogénito, dará ejemplo a los demás; ¡aprenderán de él a comportarse como un matón! Y en efecto, eso fue justo lo que sucedió. 

Poco después, los envidiosos hermanos vieron acercarse a José, sin la protección de su padre, y se abalanzaron sobre él, aprovechándose de su debilidad. Habían aprendido muy bien la lección de Rubén. Ahora ellos también se ensañarían con un hombre indefenso. ¡Si tan solo Jacob no se hubiera quedado callado!

Así pues, Jacob, el «ish tam,» era demasiado bueno, demasiado amable, demasiado paciente, demasiado reacio a creer lo peor, demasiado considerado con los sentimientos ajenos. No podía concebir que sus hijos fueran otra cosa que «ish tam,» personas de la más alta y noble perfección. 

No es de extrañar que fuera tan severo con ellos en su lecho de muerte. Era un padre decepcionado. No eran más que humanos, pero sus expectativas habían sido demasiado altas. Se equivocó al proyectar su propia fidelidad en los demás. Y cuando la Torá registra estos silencios de Jacob, nos recuerda que debemos imitar su santidad, pero no sus silencios; su nobleza de alma, pero no su fe extravagante e irrealista en el hombre frágil e imperfecto.

Es un antiguo rasgo judío tener demasiada confianza en la bondad del hombre, atribuir a los demás la decencia innata que uno mismo posee.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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