
Algo para Pensar — Parasha Bereshit (viernes, 17 octubre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas llamó noche. Y fue la tarde y la mañana un día.” (Génesis 1:3-5)
La luz es lo primero que Dios llama a la existencia en el relato que la Torá hace acerca de los seis días de la creación. De hecho, la luz es la única creación del primer día.
Pero la luz, por definición, no es una entidad en sí misma. Es el vínculo entre dos entidades distintas; la comunicación del emisor hacia un observador o receptor. La luz no tendría función alguna a menos que exprese lo primero e influya en lo segundo.
Entonces, ¿qué sentido tiene la luz como primera creación? ¿Por qué crear la luz el primer día, si las primeras criaturas con sentido visual no fueron creadas hasta el quinto, los primeros beneficiarios de la luz (las plantas) no fueron creadas hasta el tercero, y los primeros cuerpos luminosos en el universo fueron creados en el cuarto día de la creación?
Nuestros sabios describen la luz creada en el primer día como algo que no forma parte de nuestra realidad natural actual.
“La luz que Dios creó en el primer día,” dice el Rabí Elazar en el Talmud, “con ella una persona podía ver de un extremo del mundo al otro” (Talmud, Jaguigá 12a). “No puede brillar de día,” dice el Midrash Rabbá, “pues opacaría al sol. No puede brillar de noche, porque fue creada solo para el día. ¿Dónde está entonces? Fue escondida. Está reservada para los justos en el Mundo Venidero” (Midrash Rabbá, Bereshit 3:6). “¿Dónde la escondió Dios?” pregunta el Zohar, y responde: “En la Torá” (Zohar 3:28b).
De nuevo preguntamos: ¿Por qué crear algo que no tiene una función inmediata? ¿Qué es la luz, si no iluminación y revelación? ¿No son las palabras “luz oculta” una contradicción en sí mismas?
Sin embargo, estos dos conceptos opuestos están más estrechamente relacionados de lo que uno podría pensar. El Zohar señala que las palabras hebreas “ohr” (luz) y “roz” (secreto) comparten la misma “guematría”, o valor numérico de 207.
Según la tradición judía, una coincidencia numérica entre dos palabras implica que están intrínsecamente relacionadas entre sí. Tal como explica el Rabino Schneur Zalman de Liadi en su “Tania”, el alma de un objeto o fenómeno se expresa a través de su nombre en la Lengua Sagrada; y cuando los nombres de dos entidades tienen un valor numérico común, esto significa que son, en realidad, dos encarnaciones de la misma esencia (Tania, parte II, capítulo 1).
Así que “secreto” y “revelación” son dos caras de la misma moneda.
La primera creación fue una revelación secreta: una luz destinada a permanecer en la oscuridad durante milenios. Un destello infinitamente brillante que iluminó el vacío del primer día, solo para retirarse a su «alter ego,» el secreto, a lo largo de toda la historia contemporánea.
La luz puede ser el elemento primordial de la creación, sin embargo nuestro mundo es uno de secretos. Un mundo en el que la vida implica enfrentarse a la oscuridad y luchar con lo desconocido, un mundo en el que la luz está reservada para el “Mundo Venidero”, la realización y culminación de nuestras luchas presentes.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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