
Algo para Pensar — Parasha VeZot HaBeraja (martes, 7 octubre 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
«Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido El Eterno cara a cara; nadie como él en todas las señales y prodigios que El Eterno le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel» (Deuteronomio 34:10-12).
Y así muere Moisés, solo en una montaña, en presencia de Dios, tal como había estado aquellos años atrás cuando, siendo pastor en Madián, vio un arbusto en llamas y oyó la llamada que cambió su vida y los horizontes morales del mundo.
Es una escena conmovedora por su sencillez. No hay multitudes ni llantos. La sensación de cercanía y distancia a la vez es abrumadora. Ve la tierra desde lejos, pero sabe desde hace tiempo que nunca la alcanzará.
Ni su esposa ni sus hijos están allí para despedirse; ya no aparecen en la historia. Su hermana Miriam y su hermano Aarón, con quienes compartió la responsabilidad del liderazgo durante tanto tiempo, ya habían fallecido.
Su discípulo Josué se ha convertido en su sucesor. Moisés se ha convertido en un hombre de fe solitario; pero con Dios, ninguna persona, sea hombre o mujer, está verdaderamente sola, aunque esté físicamente sola.
Es un momento profundamente triste, pero la elegía que la Torá le dedica, ya sea que la haya escrito Josué o que él mismo la escribiera con lágrimas en los ojos por mandato de Dios (cf. Bava Batra 15a), es incomparable.
Moisés rara vez aparece en las listas que se elaboran de vez en cuando con las figuras más influyentes de la historia. Es más difícil identificarse con él que con Abraham por su devoción, con David por su carisma o con Isaías por sus mensajes de esperanza.
El contraste entre las muertes de Abraham y Moisés no podría ser más marcado. La Torá dice de Abraham: «Y Abraham expiró y murió en una buena vejez, anciano y lleno de años; y fue reunido con su pueblo» (Génesis 25:8).
La muerte de Abraham fue serena. Aunque había pasado por muchas pruebas, vivió lo suficiente para ver el primer cumplimiento de las promesas que Dios le había hecho. Tuvo un hijo y adquirió al menos la primera parcela de tierra en Israel. En el largo camino de sus descendientes, había dado el primer paso. Hay una sensación de final feliz.
En cambio, la vejez de Moisés estuvo lejos de ser serena. En el último mes de su vida, dirigió a su pueblo con la misma energía y la misma sinceridad de siempre. Justo cuando se preparaban para cruzar el Jordán y entrar en la tierra prometida,
Moisés les advirtió sobre los desafíos que les aguardaban. La mayor prueba, afirmó, no sería la pobreza, sino la prosperidad; no la esclavitud, sino la libertad; no la vida en el desierto, sino el confort del hogar.
Al leer estas palabras, viene a nuestra memoria el poema de Dylan Thomas, «No te rindas ante la muerte.»** En sus palabras, a los 120 años, se percibe la misma pasión que en cualquier otra etapa de su vida. Este no era un hombre que estuviera dispuesto a retirarse.
Hasta el final, siguió desafiando tanto al pueblo como a Dios.El mayor homenaje que la Torá rinde a Moisés es llamándolo «eved Hashem,» «siervo de Dios.» Por eso, Rambam escribe que todos podemos ser tan grandes como Moisés, porque todos podemos servir.
Somos tan grandes como las causas que defendemos, y cuando servimos con verdadera humildad, una fuerza superior a nosotros fluye a través nuestro, trayendo la presencia divina al mundo.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
Notas
**El verso «No te rindas ante la muerte» es una traducción aproximada del célebre «Do not go gentle into that good night», que aparece en el poema (en español, a menudo traducido como «No entres dócilmente en esa buena noche») de Dylan Thomas. Fue publicado en 1951 y es uno de sus trabajos más famosos, escrito como un villanelle en honor a su padre moribundo.




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