Algo para Pensar — Parasha Ki Teitzei (lunes,1 septiembre  2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Cuando entregares a tu prójimo alguna cosa prestada, no entrarás en su casa para tomarle prenda. Te quedarás fuera, y el hombre a quien prestaste te sacará la prenda.Y si el hombre fuere pobre, no te acostarás reteniendo aún su prenda.Sin falta le devolverás la prenda cuando el sol se ponga, para que pueda dormir en su ropa, y te bendiga; y te será justicia delante de El Eterno tu Dios.»(Deuteronomio 24:10-13)


El tema del individuo versus la sociedad, especialmente la de los derechos del individuo en su conflicto con las exigencias de seguridad de la sociedad, es extremadamente compleja. Sin embargo, urge re-estudiarla constantemente, para que los extremistas de ambos bandos no alteren el delicado equilibrio entre ambos, un equilibrio del que dependen la democracia, la cultura, la civilización y la religión.


Si se nos permite simplificar para mayor claridad, el problema se define mejor prestando atención a sus extremos. Por un lado, tenemos absolutistas y colectivistas de todos los matices.

Los primeros son quienes sostienen que los derechos de la comunidad deben prevalecer sobre los del individuo, sea esta la colectividad del Estado (como en el Fascismo), la del proletariado (como en el Comunismo), la de la Iglesia o la de cualquier otro grupo. El individuo es relativamente, o incluso absolutamente, insignificante. Sus reclamos a favor de la sociedad, ya sean de país, de clase o de iglesia, son totalitarias.


Por otro lado, están los anarquistas, románticos y otros que sostienen que el ser humano individual es el único valor, y de hecho, la única fuente de valor. Consideran a la sociedad como algo negativo, inhibidor y destructivo. Siguen la teoría rousseauniana de que el hombre es, por naturaleza, un «buen salvaje» corrompido por la sociedad. 


Este punto de vista conduce, en última instancia, a la anarquía y al caos como vía para que el individuo establezca sus propios derechos e individualidad. Los libertarios y humanistas ciertamente no llegan a este extremo, pero generalmente priorizan los derechos individuales sobre los de la comunidad o el colectivo.


Hace casi seis décadas un  importante pensador norteamericano intentó alterar este equilibrio basándose en su propia teoría psicológica y filosófica. El profesor B.F. Skinner, conocido públicamente como el autor de «Walden Two» y profesor de psicología en la Universidad de Harvard, publicó el libro titulado «Más allá de la libertad y la dignidad» (1971). 


En este libro, Skinner profundiza en los argumentos que presentamos al inicio. Niega el libre albedrío a los seres humanos y considera la dignidad humana una ilusión muy peligrosa. Es el gran defensor de una teoría psicológica conocida como conductismo, según la cual la humanidad carece de una médula interna de libertad que le permita decidir entre diferentes alternativas. Las personas no son más que el resultado de la herencia y el entorno; nuestras acciones y comportamiento son producto tanto de las tensiones internas como externas. 


Los humanos, según él, carecen de autonomía, de dominio interno sobre sus vidas, elecciones o decisiones. A esto nos ha llevado la «ciencia del hombre»: el fundamento teórico de la «tecnología del comportamiento» y la «ingeniería del comportamiento», que no es más que un alias para el control del pensamiento.

Si los conductistas se salen con la suya y se alían con los «ingenieros genéticos», todos corremos el riesgo de ser manipulados por déspotas benévolos que buscan crear una raza de zombis felices.


¿Qué respuesta tiene el Judaísmo ante semejante escenario? De esto continuaremos hablando en nuestra próxima reflexión.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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