
Algo para Pensar — Parasha Re’e» (miércoles, 20 agosto 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Salom, Shalom Lekulam!
“Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal…” (Deut. 30:15)
En el versículo que acabas de leer se plantea una elección fundamental: “Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal…”
Esto lleva a cuestionar porqué un Dios absolutamente bueno incluiría el mal en su creación y cómo el Midrash puede calificarlo de algo “muy bueno”. La presencia del mal, o la inclinación al mal, es un componente esencial de la Creación, sin el cual no se podría considerar el mundo como algo “muy bueno”.
El profeta Isaías ofrece una perspectiva clara al respecto:
“Yo soy El Eterno, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mi. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo El Eterno, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo el mal. Yo El Eterno soy el que hago todo esto.” (Isaías 45:5-7).
Este pasaje subraya que Dios es la fuente de todo, incluido el bien y el mal, y que atribuir el mal a otra entidad comprometería el monoteísmo. Pero, ¿por qué incluiría Dios esta dualidad en el mundo?
Un análisis detallado del texto de Isaías revela una distinción clave: la luz y el bien se “forman”, mientras que las tinieblas y el mal se “crean”. La formación implica derivar algo de una fuente existente, en este caso, Dios mismo, mientras que la creación sugiere algo nuevo, surgido de la nada (“ex nihilo”).
Así, el bien emana directamente de Dios, pero el mal, aunque creado por Él, no forma parte de su esencia divina. Los místicos explican este proceso mediante el concepto de “tzimtzum”, la contracción divina, que permite la aparición de algo distinto a Dios, como el mal, que no existía en su esfera.
La pregunta persiste: si Dios crea el mal, ¿cómo puede seguir siendo completamente bueno?
El Zóhar aborda esta cuestión en un pasaje profundo: el amor verdadero a Dios implica dedicar todas nuestras facultades — emocionales, intelectuales y materiales — a Él, incluso utilizando la inclinación al mal para servirle.
El Zóhar plantea: “¿Cómo puede un hombre amar a Dios con su inclinación al mal? ¿Acaso la inclinación al mal no es la seducción que impide al hombre acercarse al Santo para servirle?”
La respuesta es que el mayor servicio a Dios se logra al dominar la inclinación al mal mediante el amor a Él. Al hacerlo, el hombre transforma esa inclinación en un instrumento para glorificar a Dios, revelando un misterio esotérico: todo lo creado por Dios, incluido el mal, existe para manifestar su gloria y servirle.
El Zóhar ilustra esto con una parábola: un rey, que representa a Dios, ama profundamente a su hijo y le prohíbe caer en tentaciones, advirtiéndole que solo los puros pueden entrar en su palacio. Para probar la lealtad de su hijo, el rey envía a una seductora para tentarlo.
El hijo, fiel a su padre, rechaza la tentación, lo que llena de alegría al rey, quien lo recompensa con honores y tesoros. La seductora, aunque parece actuar en contra del rey, cumple su voluntad al permitir que el hijo demuestre su obediencia.
De manera similar, la inclinación al mal, aunque tentadora, es un instrumento de Dios para probar al hombre. Al resistirla, el hombre alcanza una elevación espiritual que no sería posible en un mundo sin tentaciones. (cf. Zohar, Shemot 163b)
Por esto, el Midrash afirma que “ningún mal desciende del Cielo” y que la inclinación al mal es “muy buena” (Bereshit 1:31). El mal, en esencia, es un emisario divino disfrazado, diseñado para ser rechazado, permitiendo al hombre alcanzar un nivel espiritual superior al superar la tentación.
Así, el mundo creado con esta dualidad ofrece la oportunidad de un crecimiento espiritual que no sería posible en un ámbito donde solo existe el bien.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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