Algo para Pensar — Parasha Eikev (lunes, 11 agosto 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shavua Tov Lekulam!


“Y comerás y te saciarás, y bendecirás a El Eterno tu Dios por la buena tierra que te habrá dado. Cuídate de no olvidarte de El Eterno tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy.” (Deuteronomio 8:10-11)

Una de las grandes paradojas de la naturaleza humana es el encuentro de los opuestos; aludimos al hecho donde dos condiciones que son contrarias entre sí pueden producir los mismos efectos o resultados. 

En esta línea de pensamiento, encontramos que la riqueza y la abundancia son capaces de producir los mismos resultados que la adversidad y la pobreza. Y es que, no es un secreto que la carencia tiene el potencial de engendrar inmoralidad y corrupción. 


En la Edad Media, la Peste Bubónica y la pobreza del pueblo se combinaron para causar la mayor ola de crímenes en la historia registrada de Europa. El asesinato, la violencia y el robo fueron los resultados inmediatos de la peste combinada con la miseria. 
En nuestros días, el hambre y la privación están destinados a desatar grandes olas de inmoralidad y degeneración, ya sea en la Franja de Gaza o en Harlem de Nueva York. Es por esto que los sociólogos suelen vincular — culpar — los bajos estándares de moralidad con los bajos estándares de vida.


Pero lo que NO debemos perder de vista es que hay personas que se comportan de manera inmoral, irreligiosa y poco ética cuando ganan $800 a la semana, mientras que no lo hacían cuando apenas sobrevivían con una cuarta parte. De alguna manera, la prosperidad a veces es capaz de producir peores efectos que la pobreza.

El principio o paradoja ya fue formulado en la Torá y explicado por nuestros Sabios. En la parashá de esta semana leemos: «Comerás y te saciarás… ten cuidado, no sea que tu corazón se engañe y te desvíes y sirvas a otros dioses y los adores» (8:10-11).

Los rabinos del Midrash (Sifri, 43:17) infieren de la secuencia de los textos que existe una relación clara entre la saciedad — comer hasta saciarse,–  y la idolatría; es decir, que lo que nos guía hacia la idolatría es estar satisfechos y saciados. 


¿Acaso la Torre de Babel, símbolo de la rebelión contra Dios, no fue construida durante una época de opulencia? ¿Acaso la maldad de Sodoma no floreció entre la gente adinerada? Y hace menos de un siglo, ¿no fue Berlín, la ciudad que solo admitía a ricos judíos al centro de la asimilación?

Sólo cuando las personas están satisfechas y contentas consigo mismas comienzan a buscar otros dioses, ya sea el dios del dinero, el dios del entretenimiento o el dios cuyo primer mandamiento es «Mantendrás el nivel de competencia con los demás.» 


Bueno, podemos entender que la saciedad y la satisfacción culminen en una relajación moral y religiosa. Tras la ingestión abundante de comida, el metabolismo disminuye, el pulso y la respiración disminuyen, y la energía escasea. Uno se siente perezoso, y si a esto añadimos el olvidar la bendición después de las comidas, o se pasa por alto una o dos mitzvá, o comete uno ó dos pecados, es resultado de negligencia e indolencia, más que de rebelión contra Dios.

 
Entonces, ¿tienes idea del por qué los rabinos insisten en que comer hasta saciarse es precursor del peor de todos los pecados, la idolatría?

 
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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