Algo para Pensar — Parasha Koraj(jueves, 16 junio 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos 


¡Shabbat Shalom Lekulam!


“…y se levantaron contra Moisés con doscientos cincuenta varones de los hijos de Israel, príncipes de la congregación, de los del consejo, varones de renombre” (Números 16:2)


Recientemente tuve la oportunidad de leer un ensayo escrito por Eric Fromm en el que hacía mención de dos tipos de personas, el rebelde y el revolucionario. Hoy vamos a echarle un vistazo al segundo. 


Esta persona — el revolucionario — no es necesariamente alguien que participa en revoluciones; el término se está utilizando desde la perspectiva psicológica, no política.

El revolucionario es la persona que piensa de manera independiente.

No se deja impresionar por quienes están en el poder y no aceptará una idea solo porque la haya pronunciado alguien en posición de autoridad. 
El estado de ánimo de este individuo es crítico, no uno de aceptación insípida.

El revolucionario incluso podría ver a través del «sentido común» cuando ese término se utiliza para describir lo que es, pero convertido en un sinsentido por la cantidad de veces que es repetido por aquellos que son lo suficientemente influyentes. 


El revolucionario es alguien que puede trascender los límites territoriales de su propia sociedad y entorno, para criticar tanto su propia sociedad como cualquier otra. El carácter del revolucionario es aquel que permite a una persona decir «No,» no asintiendo automáticamente a la autoridad, al status quo, a su entorno y/o a las «condiciones» que le quieran imponer.


Por supuesto, no siempre el revolucionario es angelical. 


Esta persona puede estar en lo correcto o equivocado, ser buena o mala, constructiva o destructiva, dependiendo de a qué le dice «no» y de si su crítica es válida o inválida. Ser terco por capricho no es una virtud.

Pero al menos, cuando hablamos del estado de ánimo del carácter revolucionario, es auténtico. Piensa y reacciona como un individuo, no como si fuera un número, o una oveja más en el rebaño.


Con los planteamientos hechos ayer y los realizados hoy, regresemos al análisis hecho por el Netziv en relación al episodio de Koraj. 
Datán y Abiram eran lo que hemos llamado rebeldes.

Ningún ideal, principio o ideología servía como combustible a su traición. Anhelaban el poder de manera directa y sin inhibición. Los doscientos cincuenta príncipes eran revolucionarios. No aceptaron sin cuestionar la negación del sacerdocio. Pero malinterpretaron sus energías. Su crítica era bien intencionada pero gravemente mal dirigida. 


Coré jugó un juego oportunista, político y demagógico. Se cubrió de piedad y trató de disfrazarse como un personaje revolucionario, como si fuera uno igual a los doscientos cincuenta príncipes. Pero en esencia no era diferente de los rebeldes Datán y Abiram.


De hecho, las personas tipo Koraj no son ajenas a nuestro mundo contemporáneo. Demasiados hombres codiciosos, corruptos y hambrientos de poder, desde Irán hasta Ghana; Indonesia hasta América Latina, han tomado las riendas del gobierno sin beneficiar en lo más mínimo a su propio pueblo — y todo esto bajo la pretensión del nacionalismo y antiimperialismo. 

Los lemas son los lemas de la revolución, pero los objetivos son los objetivos de la rebelión.


Nuestra época, tan tempestuosa y agitada — nacida en las revoluciones francesa y americana, engendrada por la Revolución Industrial, agonizando ahora frente a las revoluciones científica, nacionalista y de derechos civiles — ofrece grandes tentaciones al carácter tipo Koraj. 


Como dijo Fromm, “La vida política del siglo XX es un cementerio que contiene las tumbas morales de personas que comenzaron como supuestos revolucionarios y que resultaron ser nada más que rebeldes oportunistas.” (The Sane Society, 1955)

¿Los nombres de cuántos gobernantes podrán ser añadidos en esta lista ?

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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