
Algo para Pensar — Parasha Beha’aloteja (miércoles, 11 junio 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Cuando el arca se movía, Moisés decía: Levántate, oh Eterno, y sean dispersados tus enemigos, y huyan de tu presencia los que te aborrecen.” (Números 10:35)
Siempre que el arca en la sinagoga es abierta, la congregación se pone de pie y recita las palabras de la famosa oración, וַיְהִ֛י בִּנְסֹ֥עַ הָאָרֹ֖ן,“vayehi bineso’a ha’aron,” invocación especial que Moisés pronunciaba al Todopoderoso cuando el arca comenzaba a moverse. El origen de esta oración, junto con el breve pasaje que recitamos al cerrar el arca, se encuentra en la parashá que estudiamos esta semana.
Sin embargo, a pesar de la hermosura de esta oración, está claramente fuera de lugar. Cuando la vemos en el contexto de la parashá, notamos que la narrativa bíblica es interrumpida. Nuestra tradición reconoció este hecho, y por lo tanto en el texto masorético este párrafo es destacado utilizando unos símbolos especiales.
¿Por qué se colocó este pasaje aquí?
Los rabinos, citados en el comentario de Rashi, dan la siguiente razón: “para interrumpir la narración entre un desastre y otro.”
Para no hacer que la serie de eventos catastróficos que ocurrieron a nuestros antepasados en el desierto sea demasiado deprimente y abrumadora, la Torá interrumpe su historia contándonos acerca de la oración recitada cuando el arca avanzaba.
¿Cuáles fueron estos desastres? ¿Cuál es la relación entre ellos? ¿Y cuál es la relevancia de este pasaje en particular — “vayehi bineso’a ha’aron,– con respecto a las tristes historias que pretende interrumpir?
Tendríamos que buscar ese primer desastre, el que está antes de “vayehi bineso’a ha’aron,” y para encontrarlo hace falta realizar un gran esfuerzo. Todo lo que leemos en los versos que anteceden, es que los hijos de Israel viajaron desde el monte del Señor una distancia de tres días.
La pregunta inevitable es: ¿Puede esto considerarse algo calamitoso?
Sí, responde Rambán. Estas palabras indican que los hijos de Israel estaban bien alegres al alejarse de la montaña del Señor. ¡Rambán cita, con aprobación de la «aggadá,» — a través de una descripción magistral — del viaje de Israel como si se tratara de «un niño huyendo de la escuela»! ¡El pueblo pensaba que ya había recibido suficientes mandamientos por parte de Dios!
¡Qué gran revelación se nos da aquí!
Los hijos de Israel actuaron como niños pequeños que huían de la escuela. Estaban irritados, molestos, fastidiados. Sentían que les habían dado demasiadas tareas, que se les había impuesto una rígida disciplina y que su libertad de movimiento estaba en exceso restringida.
Consideraban el Sinaí, esa gran escuela de la humanidad, como una carga intolerable, y las cargas estaban hechas para dejarlas tiradas a orillas del camino. Así que el primer gran desastre fue la actitud presente en el «ausentismo espiritual.»
¿Tres mil años después no continuamos experimentando esta actitud con demasiada frecuencia en nuestras vidas? Con excesiva recurrencia abordamos nuestras obligaciones religiosas con más rigor que cariño. Nuestra observancia carece de alegría, de amor, de encanto interior.
Nosotros, a quienes esta era de automatización nos ha dado tanto tiempo libre, venimos a la sinagoga a adorar y nos incomoda el tiempo que dedicamos a la oración. Continuamente vigilamos la extensión de nuestras reuniones en la sinagoga.
¡Dios, no permitas que los servicios se extiendan más allá del horario prescrito! Así, la dictadura del reloj nos hace saber que está presente en cada instante de nuestras vidas.
¿Será que todos estos indicadores apuntan a una falta de amor, a una ausencia de compromiso, y por lo tanto a una religión triste e infeliz? Estamos experimentando la actitud de un niño que huye de la escuela, en lugar de querer ir a ella. Es el grave error de la deserción espiritual. Y esta es, sin duda, la primera gran catástrofe de cualquier pueblo.
En la reflexión de mañana analizaremos cuál — o es — fue la segunda.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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