
Algo para Pensar — Parasha Acharei Mot-Kedoshim — (miércoles, 7 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto.» (Levítico 16:22)
Si te pregunto qué es la teodicea, ¿podrías responder con certeza? Mientras piensas en la respuesta he aquí la definición para asistirte en la búsqueda de la contestación a la pregunta que te hice hace unos segundos:
La teodicea es una rama de la filosofía que busca justificar la existencia de Dios a pesar de la presencia del mal en el mundo.
Su objetivo principal es defender la bondad, omnipotencia y justicia divina, explicando cómo estas características pueden coexistir con el sufrimiento y la maldad. El término proviene del griego theós (Dios) y díkē (justicia), y fue acuñado por Leibniz en su obra Essais de Théodicée (1710).
Sin duda, se trata de una metáfora, pero resulta aún más fascinante porque transmite un mensaje contundente: la absoluta necesidad de rendición de cuentas. El judaísmo auténtico NO recurre a la teodicea, dado que esta persigue que Dios como Ser Supremo tenga vía libre. Para el judaísmo, ¡esto no es viable!
La tradición judía nunca nos dice que no cuestionemos los caminos de Dios. Tales preguntas, no sólo son legítimas, sino también sagradas porque surgen de una profunda comprensión de que Dios es justo, y al mismo tiempo, lo suficientemente honesto como para admitir su culpa.
Esto, para algunos, puede sonar escandaloso, pero es sumamente profundo. Viene a mi memoria una afirmación del autor y dramaturgo suizo Friedrich Durrenmatt: «Quien se enfrenta a lo paradójico se expone a la realidad.» (Cf. Friedrich Durrenmatt, «21 puntos», El físico, 1962).*
Es como si Dios hiciera coro con Walt Whitman: «¿Me contradigo? Pues bien, me contradigo. Soy grande y contengo multitudes».** (Cf. Walt Whitman, Canto a mí mismo, p. 51)
Elie Wiesel dijo una vez que estuvo presente cuando Dios fue juzgado en Auschwitz y declarado culpable de todos los males del Holocausto. Posteriormente escribió una obra de teatro sobre este tema: «El juicio de Dios».^
Pero lo más notable e importante acontece al final de esta historia.Tras finalizar el juicio y declarar culpable a Dios, uno de los participantes exclamó de repente: «¡Es hora de rezar Minjá!» Ante esto, los judíos organizaron un minyán y rezaron la oración de la tarde, alabando a Dios por su grandeza.
Hay un mensaje poderoso en esto: en el judaísmo no hay lugar para aquellos que buscan justificar a Dios en todo momento. En cuanto al ateo que dice que no hay Dios, este es comparable a un pez en el océano esperando que alguien le muestre evidencia de la existencia del agua en la que vive.
El Dr. Chaim Toldeche y Elie Wiesel tenían razón: Dios debe ser juzgado y arrepentirse por la creación del mal en el mundo. Y después de ser declarado culpable, nos dirigiremos a él en oración y pediremos su misericordia aunque no entendamos lo que sucede.
¡Maravillosa y elusiva paradoja!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
Notas
* En estos 21 puntos, Dürrenmatt reflexiona sobre la naturaleza del drama y la importancia de la paradoja en la narrativa teatral. Específicamente, en el punto 19 afirma: «En la paradoja se manifiesta la realidad», y en el punto 20 señala: «Quien se enfrenta a la paradoja, se expone a la realidad». Estas reflexiones subrayan la idea de que las situaciones paradójicas en el teatro revelan aspectos profundos de la realidad humana.
** La cita «¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo. (Soy amplio, contengo multitudes)» proviene de la sección 51 del poema «Canto de mí mismo» de Walt Whitman, parte de su colección «Hojas de hierba». En estos versos, Whitman reconoce y acepta las contradicciones inherentes a la naturaleza humana, sugiriendo que la identidad individual es vasta y multifacética. En resumen, Whitman nos invita a reconocer y aceptar nuestras propias contradicciones como una parte esencial de la experiencia humana, promoviendo una visión inclusiva y expansiva de la identidad personal.
^ Elie Wiesel, sobreviviente del Holocausto y laureado con el Premio Nobel de la Paz, relató haber presenciado un juicio simbólico a Dios mientras estaba prisionero en Auschwitz. Según Wiesel, tres eruditos y piadosos rabinos llevaron a cabo este juicio nocturno, acusando a Dios por permitir el sufrimiento y la masacre de su pueblo. Al finalizar, declararon a Dios «chayav», término hebreo que significa «Él nos debe algo.» Tras el veredicto, los participantes procedieron a rezar. Inspirado por este evento, Wiesel escribió la obra de teatro «El juicio de Dios» («The Trial of God»), publicada en 1979. La trama se sitúa en el pueblo ficticio de Shamgorod en 1649, después de un pogromo devastador. En la obra, Berish, el posadero que ha sobrevivido al ataque, propone realizar un juicio a Dios por Su silencio ante el mal. Tres juglares itinerantes llegan al pueblo y, junto con un misterioso forastero llamado Sam, llevan a cabo este juicio teatral.
La obra explora temas de fe, justicia y el problema del mal, reflejando las profundas cuestiones teológicas y existenciales que surgieron a raíz de las atrocidades del Holocausto. A través de «El juicio de Dios», Wiesel invita a la reflexión sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en tiempos de sufrimiento extremo.




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