
Algo para Pensar— Parasha Shemini (jueves, 24 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!»Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de El Eterno fuego extraño, que él nunca les mandó.» (Levítico 10:1)
El décimo capítulo del libro de Levítico relata la trágica muerte de los dos hijos mayores de Aarón, Nadab y Aviú, quienes «ofrecieron fuego extraño delante de Dios», con el resultado de que «salió fuego de Dios y los consumió, y murieron delante de Dios.»
Hay mucho que decir del relato en la Torá, y en las palabras de nuestros sabios, donde se da a entender que el acto de Nadab y Avihú no fue un pecado per se. La Torá registra las palabras de Moisés a Aarón inmediatamente después de la tragedia:
«Esto es lo que Dios habló, diciendo: Seré santificado por aquellos que están cerca de Mí» (10:3). Rashi, citando el Talmud y el Midrash, explica el significado de las palabras dichas por Moisés:
«Moisés le dijo a Aarón: Cuando Dios dijo: «Seré santificado por aquellos cercanos a Mí», pensé que se refería a mí o a ti, ahora veo que ellos son mayores que nosotros dos.» (Rashi, Midrash Rabba, Vayikra 2:12)
Los maestros jasídicos explican que la vida – la retención de un alma espiritual dentro de un cuerpo físico – implica un tenue equilibrio entre dos poderosas fuerzas en el alma: “ratzo” (lucha) y “shov” (asentamiento).
«Ratzo» es el anhelo trascendente del alma, su anhelo de liberarse de las ataduras de la vida material y alcanzar una reunificación con su Creador y Fuente de vida. Al mismo tiempo, sin embargo, cada alma humana también posee «shov»: una voluntad de realización, un compromiso de vivir una vida física y dejar una huella en este mundo materializado.
¿Te has percatado que al alma del hombre se le llama «lámpara de Dios»? (cf. Proverbios 20:27).
A través de esta metáfora se nos permite captar que la llama de la lámpara se eleva, como si quisiera desligarse de la mecha y perderse en las grandes extensiones de energía que ciñen los cielos.
Pero mientras se extiende hacia el cielo, la llama también se retracta, aferrándose con más fuerza a la mecha y bebiendo ávidamente del aceite de la lámpara que la sustenta y le permite continuar con vida.
Es esta tensión de energías en conflicto, esta vacilación hacia la disolución y viceversa, lo que produce la luz.
Lo mismo ocurre con el alma humana. El afán espiritual por escapar de la vida física se ve frenado o detenido por el deseo de lograr algo, que a su vez se ve frenado por el afán de espiritualidad y trascendencia.
Cuando nuestra relación con el mundo amenaza con abrumar nuestra alma y convertirla en su prisionera, el «ratzo» del alma se resiste despertando nuestro deseo inherente de conectarnos con nuestra fuente en Dios. Y cuando nuestra espiritualidad amenaza con llevarnos a lo sublime, el «frenazo» del alma se activa, despertando el deseo por la vida física y sus logros mundanos.
El conflicto y colisión de estos dos impulsos producen una llama que ilumina nuestro entorno con una luz divina. Juntas, estas fuerzas opuestas generan una vida que escapa de la atracción de lo terrenal, al mismo tiempo que interactúa con él y se desarrolla en armonía con los anhelos espirituales del alma. (Cf. Tanya, Capítulo 19)
¡Qué indescriptible delicia cuando podemos entendernos a nosotros mismos!
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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