Algo para Pensar — Parasha Tzav (viernes, 11 abril de 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


«Viendo el pueblo que Moisés tardaba en descender del monte, se acercaron entonces a Aarón, y le dijeron: Levántate, haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido.» (Éxodo 32:1)


¿Cuál fue la esencia de este pecado? ¿Qué fue lo que comunicó esta transgresión, en la que estuvieron involucrados tantos israelitas? El pecado en sí, obviamente, no pudo haber sido una forma habitual de idolatría; tan solo poco tiempo antes, los israelitas habían experimentado una revelación divina de una intensidad sin precedentes. 


La palabra hablada de Dios les llegó en un encuentro abierto siendo este un evento veraz e incuestionable. Con una sola voz, todo el pueblo declaró su compromiso: «Naasé ve-Nishmá: «Haremos y escucharemos» (Shemot 24:7). 


De una vez y por todas, la existencia de Dios y su relación con este mundo habían quedado establecidas. Y después de este abrumante evento, ¿cómo pudo haber ocurrido el pecado del Becerro de Oro?Solo podemos concluir que la creación del Becerro de Oro debe verse o interpretarse como un intento de lidiar o atender esta abrumadora experiencia.

Después de todo, vivir un suceso como este requiere de vastos recursos espirituales. Exige un nivel espiritual sin precedentes, y sobre todo, la ABOLICION de cualquier símbolo físico de la Divinidad.

En síntesis, estamos frente a un suceso dominado por una expresión de monoteísmo absoluto y radical; la comprensión de la naturaleza unitaria y única de Dios en su forma más sofisticada.


Lo que está emanando de la unidad de Dios no fue plenamente comprendido en la dimensión mundanal. En su estado ideal, el judaísmo NO debió haber necesitado ningún tipo de simbolismo. Se nos permitió contemplar únicamente los asuntos del mundo monoteísta. ¡Algo, que hasta ese momento, era totalmente desconocido!


Esto, sin embargo, era inalcanzable para la generación del Éxodo. Era un pueblo que poco antes se había visto inmerso en un mundo de idolatría. No pudieron aferrarse a lo sin precedentes. La experiencia del Sinaí sólo era posible — así creían — a través de un medio tangible y más práctico; de lo contrario, corría el peligro de desvanecerse, disipándose en una nada espiritual sin sustancia real, ni siquiera validez eterna. 

¿Se «equivocó» El Eterno al esperar que el pueblo pudiera «navegar» a este nivel? ¿Sobreestimó al pueblo pensando que podían manejar esta expresión de monoteísmo carente totalmente de símbolos? 

Este es, sin duda, el leitmotiv del episodio del Becerro de Oro. Se percibía la necesidad de garantizar la continuidad de la experiencia reveladora del Sinaí. La forma de un becerro, símbolo de la divinidad en el entorno cultural de Egipto (y que, posteriormente, la tradición cabalística consideraba un símbolo de inmenso poder espiritual), se entendía como la forma más adecuada para lograr este objetivo.

Sin embargo, era evidente para todos los involucrados que esto no pretendía ser, ni se percibía como, la divinidad monoteísta en sí. Era simplemente un símbolo del Creador y Motor del Universo en términos materiales.


Entonces, ¿fue ésta la razón detrás de la creación del Becerro de Oro? Si fue así, la construcción de este ídolo generó un escenario y consecuencias totalmente ajenas a lo esperado. 


El nivel de monoteísmo de Seforno aún no estaba al alcance del pueblo israelita. La creación del Becerro de Oro demostró que el pueblo aún no podía relacionarse con Dios sin recurrir al simbolismo. El mundo sin símbolos del monoteísmo absoluto tuvo que, forzosamente, acceder a un monoteísmo pleno de símbolos. 


Y es en este escenario cuando surge el Santuario con todos los objetos que se utilizaron en el proceso de los sacrificios. Algo que no estaba en el plan original, convirtiéndose en una concesión por causa de nuestras limitaciones.   

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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