Algo para Pensar — Parasha Tzav (martes, 8 abril de 2025) Tiempo de lectura: 2 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Esta es la ley del holocausto, de la ofrenda, del sacrificio por el pecado, del sacrificio por la culpa, de las consagraciones y del sacrificio de paz, la cual mandó El Eterno a Moisés en El Monte Sinaí, el dia que mandó a los hijos de Israel que ofreciesen sus ofrendas a El Eterno, en el desierto de Sinaí.” (Levítico 7:37-38)


Como hemos visto en días recientes, la tesis del Rambam sobre el culto sacrificial desató una de las controversias más interesantes en la historia judía. A vuelo de pájaro, parece ser que se sentía bastante incómodo con el servicio sacrificial en el Templo. 


La matanza de animales, el derramamiento de sangre, la quema de riñones, extremidades, etc. — en resumen, el derramamiento de sangre y los rituales relacionados con los sacrificios — le parece difícil aceptar como representación de los más altos ideales del monoteísmo y los valores judíos.

Por lo tanto, podría argumentarse que el Rambam se encontraba en una posición muy incómoda. Por un lado, el culto sacrificial no podía ser considerado como el pináculo de la ética y el humanitarismo judío. Pero por otro lado, tampoco podía excluirse por completo de la tradición judía, ya que es parte integral del texto divino de la Torá.


El intento del Rambam de sintetizar dos posturas aparentemente irreconciliables, incluyendo y excluyendo simultáneamente esta expresión del ritual judío, es una obra maestra de su ingeniosa creatividad. 


El culto sacrificial debía verse como una concesión a la debilidad humana.


Debía verse como un proceso para alejar al pueblo de la idolatría, hasta que llegara el momento en que ya no fuera necesario. Desde esta perspectiva, no tenía porqué ser considerado como la representación del judaísmo ideal, y podía seguir estando dentro de los límites de la tradición judía.


Como escribe el Rambam en el «Moré Nevujim» (Guía para los Perplejos): 


«Es imposible pasar repentinamente de un extremo a otro; la naturaleza del hombre no le permite abandonar repentinamente todo aquello a lo que está acostumbrado. Ahora Dios envió a Moisés para hacer de los israelitas un reino de sacerdotes y una nación santa…A los israelitas se les ordenó dedicarse a Su servicio… Pero el modo general de adoración en el que crecieron los israelitas (en días anteriores) consistía en sacrificar animales en templos que contenían imágenes, inclinarse ante estas imágenes y quemar incienso delante de ellas…Fue de acuerdo con la sabiduría de Dios, como se muestra en toda la creación, que Él no nos ordenó abandonar y descontinuar todos estos modos de adoración, porque obedecer tal mandamiento habría sido contrario a la naturaleza del hombre…Por esta razón, Dios permitió que estos rituales continuaran. Transfirió a su servicio lo que anteriormente había servido como adoración a los seres creados… y nos ordenó servirle de la misma manera…» (More Nevujim, parte 3, capítulo 32).


No sé qué usted piensa después de leer la argumentación presentada por Rambam, pero a mi me parece que ahora surgen más preguntas que respuestas. 


Mañana continuaremos…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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