Algo para Pensar– Parasha Teruma (Shabbat, 1 marzo 2024) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


«Di a los hijos de Israel que tomen para mí ofrenda; de todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda.» (Éxodo 25:1)


Nuestra parashá nos habla del mandamiento de construir el Mishkán que acompañó a los israelitas a lo largo de su travesía por el desierto. Pero este mandamiento es antecedido por instrucciones sobre cómo recaudar dinero para el Santuario mediante contribuciones (cf. Éxodo 25:1-8).

Este, por tanto, es un momento apropiado para hablar del acto de dar, de «tzedaká,» caridad.


Éste es un tema amplio e importante. Hay una cantidad considerable de «halajá» sobre la caridad. Hay una teología judía de la caridad; también existe una sociología judía de la caridad, es decir, cómo la comunidad debe orientarse en la implementación de sus principios; y hay una psicología de la caridad. 


En este caso nos enfocaremos o centrarnos en la psicología judía de la caridad, porque en ella encontraremos temas universales, así como el «pathos,»** humor y significado religioso.


Vamos a comenzar dedicando unos minutos a atender una queja que he escuchado a menudo. Nuestra comunidad judía (así como otras comunidades religiosas) en este país — también en otros países — ha desarrollado formas para recaudar fondos que son sutilmente coercitivas e incluyen diversas formas de «torcer el brazo». 


¿Qué han provocado estas prácticas? 


Detectamos que a menudo hay resentimiento contra las reuniones, los pedidos, las tarjetas, los conciertos musicales y todos los demás métodos mediante los cuales se someten a las personas a una exigencia, generalmente pública, para que hagan una contribución. 


Sucede que estos métodos o estilos eliminan la diversión, el gozo y la virtud de dar; despoja a la caridad de su elemento voluntario; priva a los donantes de la satisfacción de cumplir una «mitzvá,» de forma libre, voluntaria y por amor.


¿Es cierta esta acusación? ¡Ciertamente lo es!


Si este es el caso, ¿por qué entonces recurrimos a estas diversas formas de «venta agresiva»? Entre las posibles alternativas, destaco la siguiente: Porque tenemos ante nosotros una competencia entre dos bienes, una pugna entre dos virtudes, son dos necesidades rivales llamando nuestra atención simultáneamente.


La primera de estas es la necesidad de que el donante experimente la sensación de elevación y exaltación moral, el sentimiento de hacer una ofrenda voluntaria, de abrir su corazón, de participar en el acto divino de «hesed,» la generosidad o la bondad amorosa.


El segundo elemento no es subjetivo sino objetivo, se trata de: la necesidad real o genuina de proveer a quienes sufren hambre, sed, desnudez, dolor, sufrimiento, soledad, cuidar de los pobres, los desfavorecidos y de las necesidades espirituales y religiosas de la comunidad en general.


Claramente, el primer elemento no tolera la coerción, porque cuando obligamos a alguien a dar, estropeamos adversamente la experiencia subjetiva del gozo y bondad. Pero con la misma claridad, debemos reconocer que el segundo elemento requiere alguna expresión coercitiva, porque de lo contrario, siendo realistas, nunca podremos proporcionar el mínimo necesario para la supervivencia de los individuos y de la comunidad. 


¿Seremos capaces de hallar ese punto de equilibrio?

Podremos sólo en la medida en la que hagamos todo lo posible para mantener ambos elementos en balance, no moviéndonos a los extremos rechazando completamente alguno de ellos. 


Rashi, en uno de sus primeros comentarios sobre la parashá de esta semana, nos dice que esta porción habla de tres tipos diferentes de contribuciones. Uno fue el aporte realizado para adquirir las basas metálicas que fueron la base del Santuario. Aquí todos tenían que pagar una cantidad específica: «beka lagulgolet», medio siclo por cada persona. 


La segunda contribución fue la donación para el altar, mediante la cual todos participarían en el pago del «korbenot tzibbur», los sacrificios públicos que se ofrecían dos veces al día y el «mussaf» en cada Sabbat y festividad. 


Esta también era una forma muy específica que cada uno debía dar, quisiera o no, y era la misma cantidad, «beka lagulgolet». Las dos primeras ofrendas, por tanto, fueron fijas y forzadas. La tercera, la donación para la construcción del Santuario, fue una ofrenda voluntaria, según le dictaba el corazón a cada uno.


Como hemos podido apreciar, notamos que el judaísmo implementó ambos elementos, el de la coerción para responder a la necesidad objetiva de los individuos o la comunidad, y la del libre albedrío para satisfacer la necesidad subjetiva de edificación moral de cada persona.


¿Dónde y cuándo surgen los momentos de tensión? Cuando pensamos que quien nos pide está manipulando nuestras emociones con el fin de obtener lo que desea. 


Curiosamente, el énfasis de nuestros Sabios a lo largo de nuestra tradición está más en la caridad como obligación, como un deber, que en la caridad como algo voluntario y algo que se hace libremente. 


Todos conocemos que este concepto — la obligación — es inherente a la etimología de las palabras que utilizamos. «Tzedaká» proviene de la palabra «tzedek,» que significa justicia.


No sólo es correcto dar a los demás, debemos hacerlo porque en primer lugar, lo que poseemos no es nuestro, es sólo algo que el Creador nos ha confiado, y por lo tanto, debemos compartirlo según Su decisión.

La palabra «caridad», sin embargo, proviene del latín «caritas,» que significa «amor,» y por lo tanto, implica que damos principalmente como producto o resultado de una experiencia subjetiva de compasión y simpatía.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


Notas

**La palabra griega páthos significa “experiencia, desgracia, emoción, condición”, y proviene del griego path-, que significa “experimentar, sufrir».

Deja un comentario

Trending