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¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Entonces El Eterno se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón.” (Éxodo 4:14)
Qué tal si iniciamos dedicando unos segundos al análisis de la palabra cicatriz. He aquí su definición: Señal que queda en los tejidos orgánicos después de curada una herida o llaga.


Con esta definición en mente, preguntémonos, ¿cuál fue esa señal que quedó en el cuerpo de Moisés?


¿Recuerdas que la “pesadez” de Moisés en el lenguaje fue la principal explicación para rechazar la misión de Dios? 
El gesto infantil de Moisés – guiado por un ánge l– disfraza la insinuación genuinamente edípica: derribará en efecto al “gadol”, la fuente de todos los decretos, de todo lo que es “kasheh” y “kaved” –denso e irrevocable–. La ansiedad que acompaña a tal insinuación conduce a una preocupación permanente por su boca quemada, por el recuerdo reprimido del peligro de expresar el poder interior.


En un gesto de autoconservación, el Moisés adulto habla de su propia “keveduth”, su pesadez, de su conocimiento problemático de su propio poder e impotencia. Y Dios está enojado. En un acto que parecería apaciguar la ansiedad de Moisés, Dios designa a Aarón como “portavoz,” expresando un poder inequívoco. Pero este es un acto de “ira,” como señala el texto. La “cicatriz” de Moisés, su profunda conciencia de las ambigüedades del lenguaje, lo ha alejado, de alguna manera palpable de Dios.

La razón de la ira de Dios se expresa de la manera más aplastante en una serie de respuestas midráshicas a este pasaje. En no menos de nueve pasajes paralelos, se explica la lógica de la ira de Dios. En estos pasajes, el drama de la confrontación entre Dios y Moisés no tiene paralelo en ningún diálogo posterior. 

A diferencia de la dinámica convencional entre Moisés y Dios, en la que la ira de Dios se vuelve contra el pueblo, mientras Moisés argumenta en su defensa, aquí Dios repite una y otra vez la fórmula obstinada de Moisés: “Envía por mano de quién enviarás,” en tono de indignación. Porque la pura verdad es que Moisés se ha opuesto a la redención. 

Dios se describe a sí mismo como movido por emociones humanamente imaginables, por la compasión, por la lealtad a sus promesas a Abraham, Isaac y Jacob, incluso, en el último pasaje y en otros que no se citan aquí, por la pura libertad de su deseo de redimir, en una situación en la que la justicia y la lógica no ofrecen apoyo. Y Moisés se resiste, delega, encogiendo sus hombros ante la misión. El estribillo de cada pasaje, “Y tú dices: Envía por mano de quién enviarás”, presenta a Dios desconcertado ante la extraña insuficiencia de la respuesta de Moisés. Hay un misterio aquí.

La negativa de Moisés a hablar es la expresión más recóndita de esta resistencia. Y una vez más, el hecho de que Moisés vuelva a este tema después de las renovadas garantías de Dios (6:2-8) sugiere con toda claridad que estamos ante un fenómeno que desafía cualquier solución obvia. Cierto es que termina obedeciendo a Dios y comunican su mensaje al pueblo; pero la desesperada conclusión que extrae de su fracaso tiene un tono casi triunfal: «¡Hen!» —¡Ya ves! ¡Los hijos de Israel no me han escuchado…! Evidenciándose en esta declaración el profundo pesimismo de Moisés. 

¿Será esta la causa por la que finalmente Moisés no entrará a la Tierra Prometida?

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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