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¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Entonces El Eterno se enojó contra Moisés, y dijo: ¿No conozco yo a tu hermano Aarón, levita, y que él habla bien? Y he aquí que él saldrá a recibirte, y al verte se alegrará en su corazón.” (Éxodo 4:14)

Se podría decir que en este drama de resistencia hay una sensación de lo oculto, de lo no expresado. Así como la interpretación de Rashi da a entender que es la relación entre los hermanos la que explica esta resistencia (percepción que no resulta del todo evidente en el texto), me atrevo a sugerir que la referencia misma a la extraña relación de los que hoy día llamamos complejo de Edipo es una manera de aludir a la experiencia más amplia e incipiente de la resistencia. La sensibilidad de Moisés ante las exigencias del “gadol,” el hermano mayor, el padre, o hasta tal vez podría tratarse de una sensibilidad DESPLAZADA  hacia el padre oculto de su vida — el propio Faraón.

La relación de Moisés con el rey egipcio es extremadamente extraña. Es hijo adoptivo de la hija del faraón, lo que en efecto lo convierte en nieto del faraón, una dimensión de la narración que nunca se hace evidente. Por esta misma razón, se podría decir — precisamente porque el texto de la Torá no llama la atención sobre esta paradójica intimidad entre los principales antagonistas— que deberíamos estar alerta a lo que se encuentra justo debajo del nivel explícito y consciente de la narración.

El hecho de que Moisés finalmente pudo haber matado al faraón en el mar Rojo —un acto edípico, en el sentido más claro — se atenúa de muchas maneras. Al entrar en el mar Rojo, Moisés actúa por orden de Dios; el faraón no es su padre, sino su abuelo; aunque sabemos que el faraón, literalmente, no es su abuelo. Pero la tensión radical entre los antagonistas se alimenta del hecho de que Moisés tiene una identidad dual, egipcia y hebrea: si es hijo de Amram y Jocabed, también es hijo del faraón.


Esta paradoja se encuentra en el corazón de la narrativa. Según una famosa leyenda, Moisés fue objeto de un intento de infanticidio por parte del faraón cuando era niño. A los tres años, le quitó la corona al faraón y se la puso. Los consejeros del faraón, encabezados por Balaam, lo instan a que ejecute al niño. Evidentemente su gesto es un acto de usurpación—pretende, como todos sus antepasados israelitas, derrocar al superior, al rival más antiguo.


El ángel Gabriel, disfrazado de uno de los sabios egipcios, propone una prueba para determinar si hay una intención precoz detrás del acto del niño Moisés. Ante él se coloca una piedra de ónice y un carbón encendido. Si alcanza el carbón, más brillante pero sin valor, demostrará que es sólo un niño atraído por lo brillante; si alcanza la valiosa piedra, demostrará su precocidad y el carácter siniestro de su auto-coronación. Moisés, que en verdad es precozmente sabio y está destinado a derrocar a Faraón, alcanza la piedra. Pero Gabriel desvía sobrenaturalmente su mano hacia el carbón, quemándose la mano y llevándola instintivamente a la boca, la quema también. Este gesto le salva la vida y también explica cómo es que Moisés se torna «pesado de boca y de lengua.»


Como sugiere Robert Paul, el «defecto del habla» de Moisés puede entenderse como la «cicatriz» dejada por un ataque infanticida fallido, similar o comparable a los pies heridos de Edipo. Ha sobrevivido al ataque de su padre; matándolo más tarde en el Mar Rojo. Mientras tanto, el faraón volverá a intentar matarlo como castigo por haber asesinado al capataz egipcio (2:15). Dos ataques «paternales» a su vida proporcionan la justificación para su acto de «parricidio.” 


La noción de la “cicatriz”, sin embargo, es el aspecto más convincente de este midrash. De esto hablaremos en nuestro próximo análisis.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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