Algo para Pensar (jueves, 16 enero 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Entonces Faraón mandó a todo su pueblo, diciendo: Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida.» (Éxodo 1:22).
Por causa de la «ineficiencia» de las parteras, el siguiente paso del Faraón fue ordenar el asesinato público de los bebés varones, quienes ahora deberán ser arrojados al río.
Las siguientes palabras pronunciadas son las de la hija del Faraón, cuando abre el arca donde está escondido el niño Moisés: “Debe ser un niño hebreo” (2:6). Estas palabras no comunican ningún tipo de emoción en particular, son simplemente una frase de identificación.
Miriam, la hermana mayor del bebé, escucha sus palabras mientras observa a cierta distancia “para saber qué le sucederá” (2:4). Inmediatamente se acerca y entabla una conversación con la princesa acerca de una nodriza para el bebé. Busca a su madre, a quien se le encarga amamantar a su propio hijo.
Este pasaje, nos pone en contacto con un análisis detallado para los preparativos para la lactancia del infante Moisés, algo que da la impresión de ser innecesariamente florido en una narración que, por lo demás es bastante parca en detalles. Sin embargo, aunque aparentemente tiene un interés puramente técnico, este pasaje, con sus breves intercambios entre estas mujeres, centra nuestra atención en lo que son las necesidades esenciales de la vida.
Lo que se necesita para la supervivencia del infante en un ambiente de muerte no es simplemente un pecho materno privado — el niño no podrá ser ocultado más allá de la primera fase de la vida — sino una conversación entre quienes se sienten inclinadas a hablar y pronunciar palabras muy peligrosas sobre la crianza de un bebé que ha sido sentenciado a muerte.
¡Se trata de una conspiración entre tres mujeres cuyo objetivo es devolver el bebé al pecho de la madre!
En este punto, lo han logrado HABLANDO sobre la función natural de la lactancia. Desde el punto de vista de la princesa el asunto a resolver es simple: se trata claramente de un “amamantamiento para mí.” “Toma a este niño y críalo para mí…” (2:9). La nodriza le asistirá en su deseo de sacar vida de las destructivas aguas del Nilo.
Este episodio gira, como vemos, en torno a una manera de ver específica: la princesa “vio el canasto entre los juncos… Al abrirlo, vio que era un niño, un bebé que lloraba…” (2,5-6).
En el episodio siguiente se muestra el primer acto significativo de Moisés como adulto, también es en términos de otra manera de ver: “En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena” (2:11-12).
«Moisés había crecido»: esta es la segunda vez se utiliza el verbo. El primero, en el verso anterior, indicaba un proceso de desarrollo que terminó en un destete y en la princesa asumiendo su papel maternal (2:20). Ahora, nuevamente, se indica una fase de crecimiento en la acción de la salida del palacio, para ver los sufrimientos de sus hermanos.
Estas fases del crecimiento tienen una paradójica simetría. Convertirse en «gadol» –grande, crecido — significa llegar al final de una etapa de desarrollo y ser capaz de enfrentar nuevas experiencias. Moisés dejó a su madre biológica, el pecho que lo amamantó, y se trasladó al palacio de la princesa. Más tarde, abandona el palacio, y de forma extraña y sospechosa, tiene la capacidad de reconocer en los esclavos que están afuera a sus propios hermanos.
¡¿Cómo llevó a cabo esta vinculación?!
«Vio sus sufrimientos,» lo que tenían que soportar, el peso de su existencia. Rashi comenta: «Dio sus ojos y su corazón para angustiarse por ellos.» Moisés viendo y dejándose afectar, sufrió con aquellos que inesperadamente son llamados «sus hermanos». Este tipo de visión contrasta con la visión del edicto de Faraón: «Mirad el taburete del parto…» (1:16).
Este acto donde el faraón ordenaba la acción de mirar tenía como objetivo asesinar a los bebés varones nacidos de las israelitas.El faraón veía la disyunción y la diferencia, mientras que el primer acto significativo de madurez en Moisés es un acto de EMPATÍA con aquellos que parecen, física, social y existencialmente, tan diferentes de él. Mira a los aplastados bajo las cargas egipcias con lo que Jorge Semprun llama una «pura mirada fraternal» (Semprum, Long voyage, p.75-76).
Y es sobre la base de esta empatía que le hace vulnerable que luego «ve» al capataz egipcio golpeando a uno de sus «hermanos.” Es decir, ve la linea fronteriza que eatablece la diferencia entre quienes infligen crueldad y quienes la sufren.
Es entonces, por tercera vez, que «ve que no había nadie alrededor, e hirió al egipcio» («vayach» – el mismo verbo que describe al egipcio golpeando al hebreo). Este tercer «ver» transmite la ineludible responsabilidad de actuar sobre la base de una muy compleja empatía. Empatía deslumbrantemente mortal para quien la vive, y la regala.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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